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  • Wilma Pérez

Un absoluto silencio domina una de las salas del Museo Nacional de Arqueología (Munarq). Detrás de vitrinas y depósitos descansan cuerpos que sobrevivieron siglos bajo tierra y que ahora responden preguntas que nadie imaginó formular. 

Cada momia, cada cráneo y cada fragmento óseo conserva información sobre la vida, la alimentación, las enfermedades y las costumbres de quienes habitaron esta parte del mundo antes de la llegada de los europeos.

El Munarq se formó en 1838 por disposición del mariscal Andrés de Santa Cruz. La institución abrió una etapa para la preservación del patrimonio nacional y marcó el inicio de la arqueología organizada en Bolivia. Décadas después ocupa el Palacio Tiwanaku, edificio que hoy forma parte de la historia cultural del país y que resguarda más de 50 mil piezas registradas, además de una de las colecciones antropológicas más importantes del país.

Entre ese patrimonio, se destacan alrededor de 50 momias y más de 500 cráneos humanos. Durante muchos años estas colecciones sirvieron para reconstruir procesos históricos y culturales. Hoy también permiten conocer aspectos relacionados con la salud de poblaciones prehispánicas.
Ese valor llamó la atención de National Geographic y del Instituto de Estudios de Momias, el único centro especializado del mundo dedicado exclusivamente al análisis de cuerpos momificados. 

A comienzos de este año un grupo internacional llegó a La Paz con autorización para desarrollar estudios mediante tomografías computarizadas y análisis moleculares sobre los individuos que conserva el museo. El equipo obtuvo más de 400 muestras destinadas a investigaciones genéticas y microbiológicas.

Los resultados sorprendieron incluso a los especialistas. Uno de los descubrimientos identificó ADN de streptococcus pyogenes en una momia infantil de aproximadamente 700 años. La bacteria nunca había sido registrada en un individuo antiguo de América precolombina. 

El hallazgo abre una línea de investigación sobre la evolución de este microorganismo y aporta información útil para comprender enfermedades que todavía afectan a millones de personas.
Los investigadores también encontraron material genético de virus que atacan esa bacteria. La información podría contribuir al desarrollo de tratamientos contra distintos tipos de estreptococos, responsables de neumonías, meningitis y afecciones cardíacas inflamatorias.

Otro resultado apareció casi por casualidad. Algunos cuerpos conservaban pequeñas aberturas naturales en la cavidad abdominal. Esa característica permitió obtener muestras de contenido intestinal sin alterar los restos humanos. Los análisis buscan reconstruir el microbioma de poblaciones prehispánicas, un campo que permanece casi inexplorado en Sudamérica.

Detrás de estos estudios también aparece el trabajo del bioquímico boliviano Guido Valverde, quien impulsó vínculos entre el Munarq y laboratorios internacionales especializados en genética, conservación y análisis de restos antiguos. Esa cooperación abrió una nueva etapa para la investigación científica del patrimonio arqueológico boliviano.

Entre las piezas que mayor expectativa despiertan figura Saphi, una niña momificada de cerca de 700 años. Su historia forma parte del reportaje publicado por National Geographic y ocupará un espacio dentro de la exposición permanente prevista para la reapertura del museo. 
Su presencia recuerda que el patrimonio no solo pertenece al pasado; también alimenta preguntas sobre el presente y el futuro.

Durante casi dos siglos el primer museo de Bolivia custodió la memoria material de civilizaciones que levantaron pueblos, desarrollaron tecnologías y construyeron culturas antes de la República. Hoy esas mismas colecciones permiten escribir otro capítulo.

Las respuestas ya no nacen únicamente de la arqueología. También llegan desde la genética, la microbiología y la medicina, disciplinas que encuentran en los antiguos habitantes del territorio boliviano una oportunidad para comprender mejor la historia de la humanidad.