- Economía
- Gregory Beltrán
Al discurso de “Bolivia se nos muere”, que pronunció el cuatro veces presidente Víctor Paz Estenssoro en 1985, se suman cada año otras voces para reducir los niveles de pobreza sin lograr este objetivo. La puesta en marcha de los distintos modelos económicos que se aplicaron no lograron aminorar sus niveles y lo que muestra un estudio de la Fundación Jubileo es que la tendencia se mantiene con una línea ascendente para golpear a campesinos, indígenas jóvenes y mujeres.
EL ESTUDIO MUESTRA LA REALIDAD EN EL PAÍS
A los elevados niveles de corrupción que todavía persisten en el país se suma la pandemia, que se intensificó en 2020, y por si esto no fuera poco, se añadió la crisis económica que todavía se arrastra en Bolivia.
Con datos del Instituto de Estadística (INE) de 2024, Jubileo precisa que más del 53 por ciento de la población rural se encontraba en situación de pobreza moderada, frente al 31 por ciento de la población urbana. Pero esta brecha se agrava más cuando se analiza la pobreza extrema: mientras solo 6 por ciento de la población urbana no logra cubrir una canasta mínima de alimentos, en el área rural esta proporción asciende al 29,6 por ciento. Esto quiere decir que una de cada cuatro personas en el campo no tiene ingresos suficientes para alimentarse adecuadamente, “lo que evidencia que la pobreza estructural está fuertemente arraigada en el campo, donde el acceso a servicios básicos, educación, salud y empleo digno sigue siendo limitado”, señala el reporte de Jubileo.
Pero las diferencias entre el eje central del país, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, con el resto del territorio nacional son igualmente reveladoras, por fuera de estas regiones la pobreza alcanza al 41,1 por ciento de la población, frente al 36,3 por ciento en las zonas más favorecidas.
Y qué pasa con la población indígena. Este estudio establece que el 46,1 % vive en pobreza, frente al 33,5 % de la población no indígena. “Esta brecha tiene raíces históricas y refleja un patrón de exclusión estructural, que persiste en Bolivia”, se lee en el informe.
Respecto al género se observa que las mujeres enfrentan mayores niveles de pobreza, que llegan a un 38,2 por ciento respecto a los hombres con el 37,1 por ciento. “Esta diferencia se explica por su menor acceso a empleo formal, mayor carga de trabajo no remunerado y barreras estructurales en el sistema productivo y educativo”.
Otro de los factores es la edad, se establece que la pobreza es más alta entre los niños y adolescentes. Veamos, según el reporte la indigencia afecta al 49,8 por ciento de menores de 5 años y a 50,6 por ciento de los que tienen entre 6 y 11 años. “Es decir, la niñez y adolescencia son las más expuestas a la pobreza, lo cual condiciona su desarrollo físico, educativo y emocional, y se convierte en una trampa intergeneracional”, establece Jubileo.
Respecto al nivel educativo se concluye que a menor escolaridad hay una mayor probabilidad de pobreza. El 58,8 por ciento de quienes no tienen estudios formales son pobres y la tasa de pobreza disminuye progresivamente con el nivel educativo: solo 18,7 por ciento de quienes tienen más de 12 años de escolaridad están en pobreza. “La educación no solo reduce la pobreza, sino que es un factor protector clave frente a la vulnerabilidad”. La Fundación establece que estas cifras reflejan más que un simple problema de ingresos. Revelan desigualdades estructurales en el acceso a servicios básicos, mercados, educación, infraestructura y oportunidades económicas.