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  • Wilma Pérez

El arte boliviano despide a uno de sus exponentes más representativos. Luis Roberto Rico Arancibia dejó el mundo tras una vida dedicada a la música y al retrato fiel de la historia nacional. Nacido en Tupiza, Potosí, el 15 de mayo de 1945, creció en un hogar nutrido por el talento de su padre Jorge, combatiente del Chaco que volvió a casa con una guitarra dispuesta a la paz, y por el temple de su madre Amalia. Desde esa infancia, en el sur potosino, la inquietud por la expresión popular marcó todo su camino.


En 1965, tomó el tren hacia La Paz para buscar superación académica. Se estableció en la sede del gobierno, aunque luego retornó a la Villa Imperial para estudiar Economía en la Universidad Tomás Frías. Allí brotó la pulsión bohemia y su compromiso con la canción. 

En 1967, conmovido por los sucesos en los campamentos mineros de Catavi y Siglo XX durante la noche de San Juan, abrazó la guitarra como un instrumento de testimonio y conciencia colectiva. Aquella vivencia definió la orientación de su arte: dar voz a la realidad del país. Dos años más tarde, sus compañeros lo impulsaron a participar en un concurso universitario en Cochabamba con la composición “La Patria”. 

Aunque el jurado de la época desestimó la pieza por salir del corte romántico, la propuesta impactó entre las autoridades académicas y abrió paso a una trayectoria descollante.


A lo largo de casi seis décadas de labor constante, Rico construyó un catálogo de más de treinta producciones discográficas. Pasó por escenarios emblemáticos como la Peña Naira y colaboró con una diversidad enorme de intérpretes y musicalizadores. Su creatividad abarcó desde el altiplano hasta los valles y el oriente al explorar ritmos variados con un profundo apego a la identidad local.


Entre sus composiciones más recordadas se destaca “Coplas de la sequía”, escrita en 1982. Esta obra cobra hoy una relevancia entrañable. El docente Eliodoro Nina recuerda cómo Rico plasmó con enorme sensibilidad el drama del norte potosino. Ante la falta de lluvia que quemó las cosechas, familias enteras de campesinos debieron abandonar el terruño, iniciaron un éxodo doloroso hacia las grandes ciudades para enfrentarse a la supervivencia cotidiana.


La canción retrata esa caminata de sombreros ajados y ojotas desgastadas. Así inmortalizó la dignidad de la población rural frente a la adversidad del clima.


Ese compromiso con las causas del pueblo le costó la persecución en años difíciles. En los regímenes de facto de las décadas de 1970 y 1980 sufrió prisión y exilio forzado en Francia y México. Lejos de silenciarlo, la distancia fortaleció su voz en escenarios de Latinoamérica, Norteamérica y Europa, a donde llevó el folklore y la poesía del país a múltiples festivales donde compartió escenario con grandes.


A la par de su producción solista, trabajó por la defensa del derecho de autor y la valoración de los creadores en la sociedad, además de dictar talleres de composición en diversas comunidades y provincias, buscó sembrar el amor por la música entre las nuevas generaciones.


Por su labor recibió el Premio Nacional de Cultura en 2013 y el Premio Maya Internacional en 2024, entre incontables reconocimientos de instituciones locales. Más allá de los galardones, el maestro conservó la humildad del cronista de pueblo, vivió en el barrio de San Pedro junto a su esposa Cecilia, sus hijas Daniela y Paola, y sus nietos.


Luis Rico partió a los 81 años, deja un vacío grande, pero también una antorcha encendida. Su eco continuará en cada rincón donde una guitarra acompañe la esperanza, la memoria y la dignidad de Bolivia y de todos los bolivianos.