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  • Wilma Pérez

Nayara recuerda el río como un lugar limpio. Allí pescaba con su padre cuando era niña, en aguas que reflejaban el cielo y prometían alimento. Hoy, en su comunidad esse ejja, el mismo río ya es amenaza. 

Tiene 27 años, dos embarazos perdidos y dolores que no sabe explicar. Mareos, cansancio, una memoria que falla. “Es el agua”, murmuran las mujeres. “Es el pescado”. Pero nadie les dio una respuesta clara hasta ahora.

La investigación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), a través del Instituto de Servicios de Laboratorios de Diagnóstico e Investigación en Salud (Seladis), confirma lo que las comunidades sospechaban. 

El mercurio, que corre por los ríos amazónicos no solo contamina peces, entra en el cuerpo humano y deja huellas profundas. En mujeres en edad reproductiva, los hallazgos son alarmantes. “Hay un índice de abortos muy grande, casi el 50 %, porque sabemos que el mercurio también afecta a las células del área de la reproducción”, advierte el investigador del Seladis, Róger Carvajal.

El origen está río arriba

La minería aurífera utiliza mercurio para separar el oro. Ese metal viaja con la lluvia, se deposita en el agua y se transforma en un compuesto aún más tóxico que se acumula en la cadena alimentaria. 

Carvajal explica que los peces carnívoros concentran las mayores cargas. Las comunidades indígenas, que dependen de la pesca, lo consumen a diario. Así, el veneno se vuelve parte de la dieta.
Los resultados científicos son contundentes. En la cuenca del río Beni, los niveles de mercurio en personas alcanzan hasta cinco veces el límite permitido. En comunidades esse ejja, esa cifra puede ser aún mayor. El estudio detecta alteraciones en la sangre, con glóbulos rojos deformados que interfieren en la circulación. 

El hígado muestra signos de daño. La presión arterial se eleva. Aparecen dolores persistentes, pérdida de memoria y trastornos del sueño.

Pero hay un dato que enciende todas las alarmas, el daño al ADN. “Se ha encontrado daño genotóxico, hay alteración del ADN en las poblaciones”, señala Carvajal.

Las pruebas revelan rupturas y mutaciones en las células. No se trata solo de enfermedad inmediata. Se trata de un impacto que puede afectar a las siguientes generaciones.

El estudio también confirma que el mercurio actúa como agente embriotóxico. 

El elevado número de abortos espontáneos en estas comunidades no es casual. Responde a una intoxicación crónica que avanza en silencio. En un territorio donde la vida depende del río, el mismo sustento se transforma en una grave amenaza.

La paradoja es brutal. El pescado es la principal fuente de proteínas. Dejar de consumirlo implica riesgos nutricionales. Continuar significa exposición al veneno. Las recomendaciones científicas apuntan a cambiar la dieta hacia especies menos contaminadas, pero esa solución resulta limitada en contextos de pobreza y abandono estatal.

Nayara no conoce esos estudios. Solo sabe que algo cambió en su cuerpo y en su comunidad. Que el río ya no es el mismo. Que los niños nacen con problemas. Que cada embarazo se vive con miedo. Mientras tanto, la minería sigue río arriba y el mercurio continúa su curso.

Bolivia enfrenta una evidencia que no admite demora. La ciencia ya habló. El daño existe, se mide y se expande. Falta la respuesta. Porque en la Amazonia, cada día sin acción no solo contamina el agua: borra el futuro.