• Sociedad
  • Wilma Pérez

Las calles paceñas huelen a canela, masa fresca y recuerdos. A pocos días de recibir a las almas en la festividad de Todos los Santos, el ambiente religioso se respira con fuerza en sectores tradicionales como la zona Max Paredes. En medio del ajetreo cotidiano, las artesanas locales exhiben su creatividad en miles de mascaritas de yeso que coronarán a las tradicionales t’antawawas. 


Sin embargo, este año el panorama muestra una novedosa pincelada internacional: la cultura mexicana y sus coloridas calacas ganan espacio en el comercio. Rosa Pérez y su hija María Eugenia Nina, continúan un legado familiar que comenzó hace casi medio siglo con su suegra y abuela. En su puesto de venta, la tradición se renueva con piezas únicas moldeadas a mano. 


“Mi hija trabaja desde mediados de año para preparar cada diseño. Este año la gran novedad son las calacas mexicanas. La gente las busca mucho, ya sea pintadas o al natural, además de los rostros para mascotas como perritos y gatitos”, comentó la hábil artesana con una sonrisa.


Esta convivencia entre expresiones culturales no es casual. El alcalde de La Paz, César Dockweiler, y el embajador de México, Eduardo Sosa, organizaron una agenda conjunta para celebrar el retorno de los difuntos.


Las autoridades anunciaron un festival que vestirá de fiesta a la emblemática calle Comercio, desde el Museo Nacional de Arte. En este espacio se instalarán ofrendas tradicionales, muestras gastronómicas y presentaciones musicales.   


Tanto en Bolivia como en México, la creencia central señala que las almas de los seres queridos regresan a inicios de noviembre a visitar sus hogares. Mientras que en el país se hornean t’antawawas y se alistan panes de dulce, en la nación azteca se elabora el icónico pan de muerto y se adornan altares con flores de cempasúchil. Ambas costumbres comparten la convicción de que el amor trasciende la partida física de las personas.


A través de los aromas, los colores y los alimentos preferidos de los difuntos, las familias encuentran un motivo para la alegría y el reencuentro. Con precios accesibles para todo bolsillo, las mascaritas paceñas y las influencias mexicanas demuestran que la memoria es un patrimonio vivo que cruza fronteras y une a los pueblos en un solo abrazo de recuerdo y fraternidad.