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  • Micaela Villa

¿Dónde está mi mamá? ¿dónde la voy a encontrar? ¿qué pasó con mi mamá? Son las preguntas constantes de un niño de 10 años quien junto a su hermana quedaron al cuidado de su abuela Virginia C. desde aquel 2017, cuando su padre asesinó a su madre y a su hermano mayor.
El niño no sabe del feminicidio e infanticidio pues tenía apenas dos años cuando presenció ambos crímenes. Aunque su mente no guarda el recuerdo del horror que vivió, su vida crece marcada por una ausencia que no puede explicar, pero que sentirá en cada paso de su vida, cuando conozca lo sucedido.

“Tuve que volver a ser mamá. Lo soy de mis nietos. El niño cuestiona todo el tiempo. La respuesta a sus preguntas es ‘tu mamá se enfermó y falleció’. Al año, él conocerá la verdad. Vivimos con mi Renta Dignidad (350 bolivianos), mis otras hijas también me ayudan”, dijo la mujer.

Aquel 2 de marzo de 2017, en la zona de Alto Tacagua, en la ciudad de La Paz, el agresor acabó con la vida de su esposa, quien tenía 34 años, y su hijo mayor, quien tenía 10, luego de una discusión. Sucedió en la madrugada. Un día antes ambos festejaron el cumpleaños del niño superviviente.

El sujeto huyó a Oruro, para evitar ser encontrado; sin embargo, fue capturado días después cuando consumía bebidas alcohólicas. Luego de casi tres años de un proceso penal —permaneció bajo detención preventiva desde marzo de ese año—, el 20 de julio de 2020, el Tribunal de Sentencia dictó la condena máxima por los delitos de feminicidio e infanticidio. La justicia boliviana lo condenó a 30 años de presidio sin derecho a indulto, por los dos crímenes, pues así lo señala la normativa. Él cumple la pena en Chonchocoro.

MUERTE EN VIDA

Para una madre que entierra a su hija, la justicia es un concepto vacío. Treinta años de cárcel no son más que un número frente a una condena eterna, la de morir en vida cada vez que mira a sus nietos, la de morir en vida cada que se recuerda del aquel cumpleaños, la de morir en vida porque Alejandra tenía proyectos que fueron truncados.

A los niños no les falta el alimento diario, tampoco el acompañamiento en sus estudios. Virginia obtuvo la tutela de los niños tras el suceso y a diario los cuida. El niño cumplió el mismo día de la muerte de su madre, 10 años, y su hermana es una adolescente de 17; pero debido a su condición actúa como si tuviera 10.

Ella no estudia por su dispacidad intelectual, tampoco la abuela cuenta con el dinero suficiente para inscribirla en una unidad educativa especial o llevarla a un sicólogo, pues ella necesita terapia. 

Los días de la hermana  transcurren frente a la televisión y videos.

El niño estudia. Su abuela lo lleva y recoge todos los días. Él es un buen estudiante, pero hay algo que no soporta y desconoce por qué. Él no puede ver el color rojo, por lo que usa lápices o bolígrafos de otros colores. Él fue testigo de la muerte de su madre y hermano.

El olvido es la piedad de los años, pero para su abuela, la memoria es una herida abierta. A veces, Virginia  siente que el alma ya no le alcanza para seguir, que el dolor de haber perdido a Alejandra es un peso que la empuja hacia el descanso eterno. Pero en ese borde entre la vida y la muerte, la detiene la voz más pura: la de su nieto. ‘No te mueras, no me dejes”, es lo que le dice y cuando Virginia se siente agotada, le pone una almohada.

Y cuando llegan esas fechas marcadas en el calendario, el silencio se vuelve más ruidoso para el niño. En el Día de la Madre, sus manos pequeñas no tienen a quién entregar un dibujo, y en el Día del Padre, su ausencia le nublan la mirada. Es una tristeza profunda, de esas que no saben de palabras pero sí de suspiros. Para Virginia y sus dos nietos, el hogar es un refugio de ternura. La abuela espera que se cumpla la normativa que promete un respaldo económico a los huérfanos del feminicidio y que fue presentado el miércoles 18 al Gobierno. No piden caridad, sino la reparación que les corresponde por ley para garantizar un futuro digno y aliviar el peso de ella y otras mujeres que enfrentan situaciones similares.

Virginia es siempre el pilar inquebrantable de sus nietos. Se convirtió en “mamá”, como le dice su nieto, quien es su hijo.