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  • Wilma Pérez

Bolivia no logra quebrar la tragedia de la muerte materna. Pese a los planes estatales, el país se mantiene como el tercero con mayor mortalidad de madres en la región, solo por encima de Haití y Venezuela

Según el informe “Hilos de vida rotos”, presentado por el representante del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en Bolivia, Pablo Salazar, la cifra es alarmante: 146 mujeres mueren por cada 100 mil nacimientos de niños vivos.

Según el documento, la muerte materna es el fallecimiento de una mujer durante el embarazo, parto o dentro de los 42 días posteriores al alumbramiento por causas relacionadas o agravadas por la gestación.

La estadística de 146 embarazadas muertas por cada 100 mil nacidos vivos se traduce en un drama humano que el UNFPA identifica en tres “demoras” fatales que enfrentan las gestantes. La primera radica en la capacidad de decisión; casi un tercio de las mujeres no puede decidir sobre su propia salud, pues se normalizan síntomas como hemorragias o dolores de cabeza que son señales de alerta.

La segunda barrera es el acceso geográfico. Las distancias críticas, los costos y el tiempo de traslado hacia centros de salud se convierten en sentencias de muerte, especialmente en el área rural.

Finalmente, la tercera demora ocurre dentro del sistema de salud: la escasez de personal las 24 horas, la falta de bancos de sangre y una preparación insuficiente para emergencias obstétricas cierran el círculo de precariedad.

“Ninguna mujer debiera morir al dar vida; estas complicaciones son prevenibles al 100 %”, enfatizó Salazar. El reporte detalla que anualmente 380 mujeres fallecen por causas como hemorragias y síndromes hipertensivos. El representante señaló que este indicador es el único que persiste estancado y refleja desigualdad en el desarrollo nacional.

Ante este escenario, la estrategia del UNFPA propone un abordaje multisectorial que incluye un plan de parto informado y la mejora del sistema de referencia médica. El reto es urgente, dejar de ver la muerte en el parto como una fatalidad inevitable y reconocerla como una falla estructural del Estado.