30/1/2025.- Pasa de castaño a oscuro. Los incidentes en los que se han visto involucradas las aeronaves de Boliviana de Aviación (BoA), sumados a la improvisación —porque no parece haber otro calificativo— en horarios y las quejas de los pasajeros que quedan detenidos en algún aeropuerto a la espera de la salida de su vuelo superan ya todo límite de paciencia.
BoA debió ocupar el espacio que dejó libre una señera aerolínea de bandera, que es toda empresa aérea que representa a un país y que es gestionada por el Estado, el Lloyd Aéreo Boliviano, que fue introducido sin mayores explicaciones en la bolsa de las entidades estatales deficitarias que debían ser capitalizadas, un eufemismo para disimular la capitalización del patrimonio nacional. Enajenación, habría que decir.
La VASP, en primer término, y posteriormente un empresario boliviano, quien huyó del país, fueron los causantes de la desaparición del Lloyd, que se declaró en quiebra en 2010. El manejo fraudulento y al margen de la ley de la aerolínea brasileña, que derivó en su cierre en 2005, y la mala gestión del empresario privado boliviano causaron la debacle de la que, hasta ese momento, era considerada una de las mejores empresas de aeronavegación del continente.
BoA no ha alcanzado el nivel de excelencia del LAB por una serie de factores que no viene al caso analizar, aunque sí se puede afirmar que sus usuarios son, al igual que en otros casos, víctimas de un desgraciado proceso de capitalización de empresas rentables del Estado producido durante la última década del siglo pasado.
Es necesario, después de recordar tan desgraciado capítulo de la historia reciente del país, que el Gobierno maneje con absoluta firmeza los destinos de BoA para que demuestre que el Estado, como lo hizo en muchos casos, puede ser un administrador de excelencia.
¿Será tan difícil cumplir itinerarios y mantener aeronaves en buenas condiciones? El LAB demostró que era posible, bajo el manejo del Estado. Es el desafío de BoA en la hora actual.