29/1/2025.- Dicen que aquella expresión de la tea encendida, a la que presuntamente y en un arranque de inusitada valentía ya en el cadalso, pronunció Pedro Domingo Murillo el 29 de enero de 1810, hace ya 215 años, fue acuñada en principio por otro protomártir de la Independencia de América: Túpac Amaru, cuando el líder de la insurrección del 16 de julio de 1809 formó parte de las tropas que defendían la pequeña ciudad de La Paz del asedio indígena.

Otras versiones dan cuenta de que fueron historiadores interesados en enaltecer la figura de Murillo quienes inventaron que emitió ese mensaje instantes antes de ser ejecutado.

Todo eso, más de dos siglos después carece de relevancia. La verdad histórica es que entre julio y septiembre de 1809 en La Paz y su área de influencia que, por entonces abarcaba incluso hasta Puno, hoy capital de una de las regiones del sur peruano, hubo un Gobierno propio e independiente del dominio español que se ejercía con despotismo y tiranía desde que se afianzó la conquista en estas tierras.

La Junta Tuitiva fue una demostración de que los americanos podíamos gobernarnos a nosotros mismos, aunque, a diferencia de aquel maravilloso y fugaz experimento de la Junta Tuitiva, los verdaderos dueños de estas tierras, los pueblos originarios fueron desplazados y continuaron sometidos en una formación social de castas y no de clases que siguió a la creación de los Estados nacionales.

El 29 de enero de 1810, los colonialistas españoles dieron una demostración de que no estaban dispuestos a permitir la libertad de las regiones que habían sido la fuente de su riqueza a lo largo de casi tres siglos.

Murillo y los líderes de aquella revolución fueron sañudamente perseguidos. Cometieron errores, algunos de ellos demasiado humanos, pero esos hechos no reducen su descomunal dimensión histórica, mientras que la figura de los conquistadores y colonizadores, aun en España no tiene esas cualidades y trascendencia.