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  • Wilma Pérez

El discurso oficial sobre la modernización educativa en Bolivia choca contra una pared de realidad estadística. Mientras la educación y formación técnico-profesional (EFTP) gana espacio en América Latina, como alternativa para mejorar el acceso al empleo y elevar ingresos, en el país su desarrollo expone desigualdades que limitan su alcance y cuestionan su capacidad de inclusión social.

Un reciente informe de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) sobre EFTP revela que el país avanza lentamente en un mundo que corre hacia lo digital, es decir que sólo el 14,6 por ciento de los alumnos de educación superior en el país opta por programas técnicos, una proporción menor frente a otras naciones de la región.

Si bien la educación técnica, esa herramienta capaz de sacar a un joven de la pobreza en sólo tres años, hoy es un privilegio urbano con acceso restringido para quienes habitan las periferias del desarrollo.

El principal obstáculo se encuentra en la distribución territorial. Más del 90 por ciento de los estudiantes de educación técnica proviene de áreas urbanas, lo que deja escasa oferta educativa en zonas rurales. 

Esta concentración evidencia una estructura que reproduce desigualdades históricas y limita el acceso de jóvenes que viven fuera de las ciudades.

La brecha también se expresa en términos económicos. Aunque la educación técnica en el nivel secundario suele captar a estudiantes de menores recursos, en la formación terciaria la tendencia se invierte. En Bolivia, más del 40 por ciento de los estudiantes pertenece a hogares de ingresos altos, lo que confirma que el acceso no resulta equitativo.

Esta concentración urbana evidencia un cuello de botella estructural: los jóvenes del campo deben abandonar sus hogares o renunciar a su futuro profesional por falta de posibilidades educativas en sus comunidades. El sistema, lejos de cerrar brechas, parece replicar las jerarquías económicas del país.

El abismo digital

La exclusión no termina en las aulas físicas; se extiende al espacio virtual. Bolivia registra una de las debilidades más severas de la región: solo el 10 por ciento de las personas con educación secundaria tiene computadora en casa. Esta carencia limita de forma drástica la inclusión en la economía moderna. 

Sin infraestructura ni conectividad real en las escuelas e institutos, el título técnico corre el riesgo de ser un papel sin respaldo práctico en el mercado laboral actual.

Isabel Cajías, directora de Ayuda en Acción, advierte de que no basta con ladrillos y cemento. La urgencia radica en un ajuste profundo de las currículas que incorpore la innovación y la digitalización. 

La desconexión entre lo que el aula enseña y lo que el mercado demanda es, hoy, una de las mayores deudas con la juventud boliviana.

Potencial contra la desidia

A pesar de este panorama sombrío, la educación técnica es una luz de esperanza para la economía familiar. Un joven con formación técnica tiene un 40 por ciento más de probabilidad de hallar empleo que un bachiller en humanidades. 

Además, entre el 10 y el 15 por ciento de los egresados logra superar la línea de la pobreza.
El éxito de las pruebas PISA también respalda esta modalidad: los estudiantes de bachilleratos técnicos demuestran una mayor capacidad de aplicación práctica de conocimientos que sus pares de secundaria tradicional. 

Sin embargo, sin políticas que democraticen el acceso a internet y que lleven la oferta educativa más allá de las capitales, Bolivia seguirá con la pérdida de su talento más valioso. 
La educación técnica tiene el poder de transformar el país, pero sólo si el Estado decide, finalmente, invertir en ella.